
Aquellas palabras me dieron la CONFIANZA que necesitaba.
Estaba sentado junto a Alba en un banco de Puerto Venecia. Delante de nosotros se encendían y apagaban las luces de la discoteca a la que habíamos acudido los del curso a celebrar que se acercaba la Navidad. Aquella tarde yo me sentía especialmente triste. En mi cabeza se amontonaban las dudas, los reproches, los deseos de encontrar respuesta a la situación en que me encontraba inmerso y que se había instalado en mi vida sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Solo habían pasado cuatro días desde que escuché de labios de mi madre las palabras que nunca hubiera deseado oír: ”Hijo, tu padre y yo estamos pensando en separarnos.”
Desde que oí aquello me pareció que una pesada losa gravitaba sobre mí, oprimía mi cerebro y no me dejaba pensar. ¿Por qué? Si antes éramos tan felices... Si yo los quiero a los dos... No sabía los motivos que habían llevado a mis padres a esa situación...
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Recordaba que mis padres discutían mucho últimamente. A veces sus discusiones subían de tono, se atacaban por cosas que a mí no me parecían tan importantes. Por la noche en la cama me sentía culpable. Parece que no se ponían de acuerdo en cómo debían actuar conmigo. El tutor les había avisado porque mi grado de atención en clase dejaba mucho que desear y mi padre, rígido por naturaleza, exigía mano dura y acusaba a mi madre de desautorizarle.
Yo no le había contado a nadie lo que me pasaba. Alba se estaba convirtiendo en mi mejor amiga. Yo la admiraba. Me gustaba su forma de sonreír y la dulzura que se derramaba de sus ojos azules cuando me miraba. Me encontraba muy a gusto a su lado, pero esta tarde había estado a punto de decirle que no tenía humor para nada y que no iba a ir a la discoteca con todos. Ella me había animado, pero la música chirriaba en mis oídos. Había demasiado ruido y el ritmo monocorde me martilleaba las sienes.
La cogí de la mano y le pedí que saliéramos fuera.
Desde el banco en que nos habíamos sentado se veían las figuras navideñas que decoraban el espacio comercial. Ángeles, campanitas y ramas de acebo tintineaban entre lucecitas de colores como símbolos de una navidad empalagosa que invitaba al consumo.
¿Qué te pasa? Cuéntamelo si quieres... El calor de su mano entre las mías fue amainando mi tormenta interior y poco a poco fui confiando en ella toda la amargura que se había acumulado en mí en aquellos días de silencio y soledad.
Asistíamos juntos a la catequesis de confirmación. ¿Sabes?, me dijo, ahora me parece encontrarle aplicación a la Palabra de la que nos hablaron el último día: “Venid a Mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré.”
Acudir a Jesús. ¿Quién era Jesús para mí? Mi abuela, cuando era niño, me hacía rezar con ella el “Jesusito de mi vida”. La verdad es que mi vida de fe no había progresado mucho desde entonces. Pero el catequista actual nos estaba presentando el Evangelio como la Palabra de Dios que nos ofrecía un estilo de vida en el que no tenían cabida las actitudes soberbias, la violencia, la injusticia o el desprecio a los marginados. Era una invitación a la sencillez del corazón, a la misericordia y al amor. Encontrarse con ese Jesús, nos había dicho, es encontrarse con el mismo Dios que se ha encarnado para vivir como nosotros y ser nuestro modelo. Esa es la auténtica Navidad.
Me pareció que la paz se iba abriendo paso en mi interior. Alba seguía con su mano entre las mías y me sonreía con esa mirada maravillosa que sólo ella me podía dedicar.
Le comuniqué aquella luz nueva que había surgido dentro de mí: “Voy a intentarlo”, le dije, “voy a probar a vivir de esa forma con mis padres”. Espero que Jesús me ayude.
Las campanitas y las ramas de acebo seguían animando a comprar Nintendos, móviles y tablets, pero por encima del tintineo de las luces que invitaban a la discoteca imaginé el mensaje navideño que podía cambiar mi vida:
“LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS”
(Enviado por: Esperanza)
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